MARTA OLIVERI ESCRITORA
 
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VINCENT


I

Antes que tu pincel, Vincent

era sólo carbón el instrumento:

fidelidad  del recuerdo de una mina  de esclavos

donde  dabas inútiles sermones.

Tú, sacerdote de corazón  abierto

qué pobres las palabras tras las llaves del dogma.

 

 

Con los sueños de un místico

llenabas  el rasgo abandonado de  los hombres

de  huesos en la piel  como un rompecabezas

tratando de armar  un rostro de la vida,

niños  con el pecho igual que arpas dolientes

y mujeres de gris rezando la costumbre

esperando el regreso del exhausto

a 600 metros bajo tierra.

 

Y siempre  en la memoria  la explosión latente

un presagio de llamas y esquirlas en el cuerpo



II

 

 Tu no creías Vincent en  liturgias de hielo

ni  en perfumes prolijos que humillan la tristeza.

 Y te hollinaste el rostro repartiste tus ropas

con el secreto anhelo de los panes de  Cristo.

 Pero solo hubo un exilio, de admonición y culpa.

no era tiempo de profetas,  tanto Nerones hubo .

 Decías  tu sermón en los primeros días

de tu bella locura que transitó hacia al cuervo.

 Como el bastón de Pedro florecido en la tierra.

Dabas luz a los náufragos del  barco subterráneo.

 Pero sabias, del dolor en las entrañas,

que no  curan los cirios ni  el vaporoso incienso

 de la tuberculosis y  el lecho de estropajo

donde no acude el sueño,

porque noche es insomnio

que no calman los salmos,

ni  el leve pan de Dios.


                                
                              III

 Por eso fue  tu madre la antigua carbonilla

quien dio luz al pincel, tu mirada era otra.

Te inundaba el contraste de la belleza infame,

y el hombre hecho de sombras

bajo lumbres de aceite.

 

Como el bastón de Pedro

de clavarse en la tierra

tus colores vibraron

de angustiosa hermosura.


                              
                               IV

 Quisiste  ver el centro de la vida

Y así parir un mundo paralelo en tu obra,

un mundo después del girasol que sufre.

Un mundo más allá del huracán de estrellas.

Un  tiempo con los árboles de Saint Remis floridos.

cuando  el mundo enamora y nada hiere.

 

Decir que no era todo y demasiado.

Que escupieron tus lienzos los idólatras,

es lo que siempre han dicho

para curar el alma y dejar al hombre muerto

perfumando  la historia.

 

 V

 Pero hermano,  la locura

aún te mira y te abrasa,

poderosa en su  marginación de siglos.

Ella, sufre  tu cuerpo

y no amará tu mármol,

si no lo imperceptible del trazo de tu vida:

Lo  ondulante y lo ríspido

Tu latido en las noches de las velas y el viento,

Y aquello que se esconde en el vago pretérito:

Hermano,  tu ternura eclipsada por cuervos.


 
   
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